A Emilio Hernández le maravilló cuando niño la magia de aquel laboratorio fotográfico que su abuelo tenía en la azotea de su casa. Treinta años después intenta repetir aquellas sensaciones.
Romántico en su manera de concebir el mundo, Emilio necesita la fotografía para expresarse y hacer entender esa especie de eterna nostalgia que invade su Gran Canaria natal.